Guzman El Bueno. El honor

Alonso Pérez de Guzmán, León, 1.256, hijo bastardo, luchaba para el Rey Alfonso X. Su hermanastro proclamó a los cuatro vientos su condición y, avergonzado, se expatrió a Africa donde guerreó bravamente. Regresó a Castilla, 1.291, llamado por Sancho IV para controlar el estrecho de Gibaltrar. Intervino en la conquista de Tarifa y al año siguiente, 1.293, fue nombrado Alcaide, defendiendo la ciudad del asedio
del sultán Ibn Ya’qub, al que se había unido el traidor Infante Don Juan, hermano del Rey, quién tenía a su servicio, como paje, al hijo de Don Alfonso. Los sitiadores amenazaron con matarlo allí mismo, pero prefirió defender la plaza como habia jurado a su Rey, que la vida de su hijo. Lanzó su propio puñal, por encima de las almenas, a los sitiadores, en señal de su firme determinación de defender Tarifa. Aquéllos no dudaron en matarlo a su presencia, 1.294. Desde entonces se le conoce como Guzmán el Bueno. El honor comprometía a quien habia jurado ante su Rey, como hoy, en democracia, a quien ha jurado ante los ciudadanos.
Al ver lo que pasa en las Cortes Valencianas y en sus alrededores, hay que preguntarse que está haciendo Eduardo Zaplana. Sabe que no podrá derribar a Francisco Camps a quien apoya el 80% de las bases del partido y además, tiene la confianza de Rajoy. Hay que volver la mirada al panorama del PP en Madrid, partido que ha perdido trágicamente las elecciones generales. Zaplana fue uno de los que actuaron el 13-M, con poca fortuna en los medios de comunicación, a pesar de ser el Portavoz del Gobierno. Él y Acebes han conservado altos puestos en el partido y desde ellos se han defendido demostrando que no mintieron, ante la Comisión Parlamentaria, pero su imagen, para gran número de ciudadanos, continúa deteriorada. En otoño habrá Congreso Nacional del PP y Rajoy ha anunciado que nadie tiene méritos adquiridos, es decir, elegirá sin ataduras su nuevo equipo, posiblemente entre gente nueva. Rato está en Washington, Mayor Oreja en Bruselas, Arenas en Sevilla, Cascos en su casa. Los que aun están cerca de Rajoy no tienen su cargo asegurado.
Zaplana está echando un pulso, no a Camps, sino a Rajoy. Viene a decir: “ o me conservas en un alto cargo, a ser posible de confeccionador de listas para seguir mandando en Valencia, o puedo desestabilizar la Comunidad, que es uno de los principales graneros de votos del PP”. Dice que él no está en la movida valenciana. No lo presenta como una amenaza, sólo pretende que se note cómo Camps no sabe manejar el partido y que él puede ser el pacificador. Pero no es el pacificador, es el que instiga personalmente lo que está pasando. Así se deduce con solo leer los periódicos. Sin duda, con más cercanía, también lo ha visto Rajoy, gran político gallego, a quien esas amenazas le deben saber a marisco fresco, se las puede merendar con cáscara y todo. El juego es muy peligroso para Zaplana.
Cartagenero de nacimiento y valenciano de profesión, ha dado todos sus pasos políticos apoyándose en los valencianos, a quienes ha jurado en reiteradas ocasiones defender y a quien les debe lo que es. No puede ahora zarandear al PP de la Comunidad y poner en peligro la prosperidad que ese partido ha traído a esas tierras. No puede intrigar aquí, solamente para tratar de continuar, en Madrid, en el puesto que tiene o en otro similar. El político que mira por sus intereses personales, antes que por el bienestar de los ciudadanos, como Don Alfonso miró por los de su Rey, no merece los honores que recibió Guzmán el Bueno, sobrenombre con el que le conoce la historia con toda justicia.
Si Zaplana consiguiera un alto puesto en el PP podría olvidar a los zaplanistas, que ya no le serían necesarios, abandonándolos a su suerte. Éstos, en un caso y en otro, sólo podrán tratar de hundir a su partido en la Comunidad, pero el nombre de aquél y de éstos sería siempre una ignominia. No les merece la pena seguir con este juego.
15 de agosto de 2.004, Diario "El Mediterraneo".
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